Champetú

La función social del arte

El 3 de marzo de 2022, en un pequeño salón de la Casa Colombo Alemana de Cartagena, frente a un escaso público, dicté una breve charla, transmitida en vivo por los organizadores a través de su página de Facebook. La titulé ‘La función social del arte’, y empecé afirmando que el artista no requiere de las instituciones para ejercer su labor (que es moldear su obra). Y agregué que el arte tampoco tiene una responsabilidad social. 

Amplié diciendo con mi tono de predicador que «el artista requiere de su don, si lo tiene; de sus talentos y de sus habilidades… y de las herramientas propias del oficio. Su responsabilidad y recompensa es moldear la obra estéticamente mientras se moldea a sí mismo espiritualmente». 

En la sociedad son las comunidades quienes requieren el arte como un alimento, dije, y una medicina para avanzar en conjunto. Y son las instituciones de la sociedad las que adquieren una responsabilidad social con las comunidades. No los artistas. No con los artistas. 

Los artistas estarían situados entre las instituciones y la comunidad, haciendo su arte. Pero su existencia y la del arte es independiente a ambos, aunque no ajeno. El artista no debe olvidar que además de artista es también uno más de la comunidad y nunca un representante de las instituciones. 

Continué: «Pongámonos de acuerdo para empezar en el hecho de que en general las cosas en nuestro sistema social no funcionan. No cumplen su función. Conformamos una sociedad de individuos frustrados, desequilibrados, insatisfechos… ( adormecidos, embrutecidos) Nada funciona… Minuto a minuto el sistema nos falla. Y una vez tras otra al seguir las líneas dibujadas por el sistema nos fallamos a nosotros mismos. Y sin embargo, vamos por allí como si las cosas, en verdad, funcionaran. Es cierto que las cosas podrían ser infinitamente peores, pero también, en el ámbito de las probabilidades, es posible que las cosas se puedan hacer de una mejor forma».

Todo eso dije. 

La intención de aquella charla era dejar un testimonio, tanto para los miembros de la ‘Comunidad Cultural’ como a los representantes de las instituciones, acerca de cuál es la función social del arte y cómo habría que organizarse en la comunidad y la sociedad para que esa función, que no se cumple, se cumpliera. 

Aclaré que la charla la ofrecía no como artista escritor sino como miembro de la comunidad, estudioso, estratega y experimentador en el ámbito de la cultura, rol al que me había consagrado durante siete años (guionando – produciendo y documentando cerca de cien encuentros en Cartagena de Indias) sin que nadie me lo hubiera encomendado. Para tal efecto, empleé dos cuadros explicativos que plantean  un marco teórico claro, para en primera instancia ponernos de acuerdo en de qué hablamos cuando hablamos de cultura. El primero tiene que ver con el concepto general de cultura que recordaba de mis clases en la universidad, y el papel que dentro de ella cumple el arte. Según esto la cultura está conformada por cuatro elementos: 

1 – El folclore: relacionado con el conocimiento ancestral, con lo tradicional. 

2 – Lo popular: que no es más que la creación en la vivencia social del día a día. Los recursos de la vida misma en su aspecto cotidiano. 

3 – Los massmedia: que son estos canales que permiten expandir el mensaje: la radio, la televisión, el internet. 

4 – La cultura de élite: en esta está incluido todo lo que se conoce como arte, desde el punto de vista que llaman ‘eurocéntrico’, literatura, pintura, escultura, teatro, música. Este ámbito tiene una limitación muy específica, y esos límites amplios obedecen a las formas técnicas, no a los contenidos. 

El papel del folclor es mantenernos conectados a nuestras raíces. Lo popular es la vida misma y se escribe minuto a minuto. Los massmedia se encargan de expandir el mensaje, pero como bien advirtió Marshall McLuhan, el medio es el mensaje, y allí radica su seriedad y cuidado. Y el arte, finalmente, tiene el papel de abrir nuevos caminos, de sugerir nuevas posibilidades… el arte es siempre vanguardia, y lo que nos recuerda lo que aún nos queda de humanos. 

Debemos comprender entonces que no todos los ámbitos de la cultura cumplen la misma función. Y no confundirlos o mezclarlos. Habiendo identificado y diferenciado cada uno de esos aspectos deben separar el arte de todo lo demás, si se quiere (como en efecto se requiere) avanzar como sociedad. Y el eje de la sociedad son las instituciones. De manera que a nivel de instituciones debe haber una dependencia exclusiva para el arte. 

Así como se dice coloquialmente, no se mezcla el caldo con las tajás. Los fritos con la literatura. Aunque hay infinitos puntos de encuentro dentro del arte y con el arte en lo cotidiano. Esto no quiere decir que el arte corresponda a una élite social o económica. El arte es ya un valor de la humanidad. Y muchos artistas y amantes del arte son de origen popular, porque justamente es en lo popular donde fluye mucho de la vida que es alma y sustento del arte. Esto lo digo porque, por otro lado, se ha hecho creer que las carimañolas son lo del pueblo y que la literatura le corresponde a unas élites adineradas. 

El segundo cuadro explicativo tenía que ver con la función que cumplen los integrantes de la comunidad cultural. 

A partir del concepto de Movimiento, desde mi propia teoría el movimiento se divide en dos partes. El Valor y la Función. El valor es lo que te MUEVE; la Función es lo que TÚ MUEVES. ¿Qué mueves? ¿Qué te mueve? Esa es la ecuación. Lo que hay que MOVER en este caso es al público, a la comunidad. Si este aspecto no se cumple, la labor es esteril, incompleta. La función de los artistas en el marco de la sociedad es CONMOVER con su arte. Hay un conjunto de agentes en la comunidad cultural cuyo función es PROMOVER: gestores, comunicadores, programadores, productores. La naranja podrida y el neoliberalismo enseñaron que cada artista debía autoproducirse, autoprogramarse, autopublicitarse, autopromoverse. Dicha dirección lo que busca y consigue es desmembrar a la comunidad, quitándole a cada uno su función. En el ámbito de los gestores, comunicadores, productores y programadores se ha enquistado una trágica confusión; muchos son artistas tímidos que poco a poco se animan a levantar su voz. Muy bien por ellos. Pero generan poca funcionalidad y avance en el campo. En donde se necesitan agentes claros y decididos funcionando a través de su vocación.  

Muy aparte está la institucionalidad, cuya función es poner el dinero y regular el marco legal.

Hay también un grupo de individuos u organizaciones cuya función es, por un lado, compilar la memoria artística; y por otro, crear estrategias de avance para el arte y la comunidad. En esta última me situé durante el periodo mencionado. Este es el marco teórico, estratégico y práctico que compartí en voz alta aquella vez,  pero que había compartido uno a uno a los ‘interesados’ durante los años en que me dediqué a esa insólita e ingrata labor. Son todas cosas de sentido común. El problema, descubrí en el camino, eran las emociones. Pero esas son fuente para otra reflexión y material para el arte. 

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