Champetú

Padre Faulkner

Tenía 19 años, empezaba a despuntar una vocación que parecía ser cierta y buscaba desesperado entre libros una orientación moral sobre la que afianzar mis actos.

Antes y después hubo escritores con cuyas obras me hermané profundamente, pero sólo William Faulkner tuvo el influjo de un padre para mí. 

“Un imbécil es aquel hombre incapaz de seguir los buenos consejos que se da a sí mismo”.

Yo había pensado, y lo comprobé durante seis largos años en los que fui maestro de escuela, que la presencia de un padre rara vez sirve para algo en la formación de un hombre, aunque su ausencia a menudo termine por complicarlo todo.

Por esa época yo era estudiante de Literatura y el actor menos solicitado de un grupo de teatro universitario. Por las mañanas asistía a los ensayos de una obra en la que yo era el encargado de ajustar las luces.

Salía de allí poco antes del mediodía, si quería almorzar debía ir hasta mi casa y atravesar la ciudad a bordo de un autobús destartalado y luego emprender el mismo viaje de regreso para asistir puntual a mis clases en la Facultad Ciencias Humanas.

Pero los 36 grados de temperatura que castigaban a Cartagena siempre me disuadían de hacer aquello. En vez me iba directo a la sede de la biblioteca en La Casa de Bolívar, y cuando algún compañero me interrogaba sobre qué iba a almorzar, yo inflaba el pecho y me jactaba al responder: ¡Faulkner!

Entonces yo era un lector glotón y desordenado que había empezado a leer simultáneamente Mientras agonizo, El sonido y la furia y Luz de agosto. 

No era raro que Faulkner hubiera tenido ese impacto moral en mí, después de todo, Faulkner, al igual que Hemingway, Scott Fitzgerald y Dos Passos, había hecho parte de una generación de escritores norteamericanos obsesionados con la virilidad, con la idea de convertirse en verdaderos hombres, lo que en términos prácticos intentaban resolver marchándose a la guerra.

Yo libraba mi propia guerra interior y cuando, por recomendación de un profesor, compré mi primera edición de El arte de la guerra de Sun Tzu, me la obsequié con una curiosa dedicatoria sacada de El sonido y la furia: “Ninguna batalla se gana jamás. Ni siquiera son libradas. El campo de batalla sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos”.

Y al final, de manera instintiva puse una pequeña firma. De tu padre William F. El nombre de mi padre biológico era (es) también William y su apellido, por supuesto, empezaba con F.

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