Champetú

Desde aquella tarde, querida, has quedado en mi memoria

Por Tania Chamorro

Estoy tratando de recordar cuándo fue la primera vez que vi tu cuerpo desde arriba: quiero decir, querida, desde aquella distancia en que se ven las cosas mejor para apreciarlas y quererlas. Finalmente he dado con la imagen y me veo de regreso, con mis hermanos y mi abuela, de un baño de mar en Crespo, y volviendo a Daniel Lemaitre —desde la loma de la calle setenta, frente al Liceo de Bolívar— mientras siento la sal que se desliza por mi piel de niña: pareces un cascabel risueño de dientes de negra caderona que se pasea por las tardes y le roba a la brisa de los vientos alisios, que te visitan todos los meses de enero a marzo, toda su atención. Desde aquella tarde, querida, has quedado en mi memoria.

Así que cuando me iba de vacaciones de fin de año a la sabana de Sucre con mi madre, siempre llevaba conmigo un pedacito de concha de mar o un pequeño caracol, para escuchar tu voz las noches en las que no podía ver tus estrellas.

Fue ya en mi adolescencia cuando solo me dejaron recorrer tu centro histórico, calles con nombres que me hicieron recordar un laberinto borgiano o la forma como Cortázar nos decía que debíamos leer su Rayuela. Te juro, querida, que extraño profundamente tus casas coloniales, en las que vivía gente real y hermosa —me refiero a Carmen y Martín— ellos eran compañeros de quinto de primaria conmigo cuando estudiábamos en los ochenta en la calle de la Chichería: cuartos sin fin, balcones inmensos, flores colgantes y esos patios internos con cocinas y guardillas que terminaban en techos y terrazas desde las que nunca volví a ver el más hermoso atardecer. Crecí, eso pasa, el tiempo me distanció de mis amigos de la adolescencia y cuando ahora veo esa misma casa llena de millonarios pálidos en medio de su gran mansión colonial se asoma un hilillo de agua en mis ojos y no puedo dejar de oír nuestras risas y cantos hasta el final de la tarde, cuando nos quedábamos haciendo una tarea en grupo o simplemente viendo el mar que se asomaba bañando nuestro corazón.

Sabes, querida, que la gente dice que tienes dos personalidades: una real y otra imaginaria. Yo sigo pensando que eres una, la misma amiga que me recibía en las madrugadas cuando salía de Marrón —aquel bar de rock alternativo de los noventa— la misma tía que me abrazó frente a la gobernación —en la Plaza de la Proclamación—cuando gritaba, veinteañera, las proclamas del movimiento estudiantil universitario por una mejor educación pública. Aquella hermana que me sujetó del brazo, cuando vi por primera vez en la zona suroriental niños negros hambrientos y felices mientras yo les impartía un taller de teatro.

Eres, querida, cierta prima que me susurró al oído los dos años consecutivos en los que tuviste seis alcaldes, eres mi abuela llamándome en el Socorro a almorzar; eres una champeta africana sonando en Nelson Mandela; eres el pescao fresco de Bazurto; una palenquera vestida de gris y lila con una ramita de albahaca en la oreja; eres el callejón angosto de Getsemaní y un arrastrón de amor a las cinco de la tarde en las playas de Marbella. Ahora que te me has desdibujado y hacen eventos internacionales musicales y literarios a los que ya no podemos tener acceso, Carmen ni Martín ni yo, te miro a los ojos de frente, amiga, tomo tu rostro con las manos y regreso a aquella tarde de baño de mar, en la que solo éramos tú y yo, y no te reconozco.

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