Para Rocío Bernate
La voz de trueno y algodón de Manuel Reyes Bolaños me inspiró, durante el ya lejano año de 1996, cuando fue mi profesor de inglés en el colegio INEM José Manuel Rodríguez Torices. Nunca aprendí inglés realmente, pero de una forma misteriosa la labor del maestro había sido cumplida en mí.
Por esos mismos días Manuel Reyes Bolaños ‘Manrebo’ conducía un programa de radio llamado ‘Arriba Caribeño’; el programa salía al aire media hora después de concluir nuestra clase y luego de haberse despedido con un modulado «good bye»,
volvía a escuchar la voz de Manrebo en la radio a todo volumen puesta por el chofer del bus en el que viajaba de regreso a casa. Siempre reprimí la tentación potente de decirle al pasajero de al lado: «ese que habla en la radio es mi profe». Al llegar a casa nunca encendía la radio ni escuchaba el final del programa, pero la sincronía de la escena antes descrita, repetida una vez por semana durante un año hizo ‘click’ en mi mente y expandió mi imaginación de futuro aspirante a novelista.
Veintidós años después, el 26 de septiembre de 2018, daba yo una charla titulada «¿De qué hablamos cuando hablamos de Champetú?», en el marco de Foro Cultura- Champeta y Ciudadanía organizado por estudiantes del programa de Comunicación Social de la Universidad de Cartagena.
En mi alma mater, en el escenario del paraninfo (lugar en el que durante cinco años entrené mis dotes de actor y director de escena) frente a un nutrido público enseñé, acompañado de diapositivas, los elementos conceptuales y prácticos para mover una transformación cultural en la ciudad empleando la champeta como herramienta semiótica de cohesión. A nadie le importó o nadie lo entendió de esa manera; da igual. Pero mientras salía del recinto una elegante señora sentada entre el público me abordó, me saludó y, luego de decirme lo interesante que le había resultado la charla, me comentó rápidamente que tenía un proyecto con su esposo y me entregó una tarjeta: «Corporación Cultural Champeta Criolla». El esposo de la señora resultó ser mi antiguo profesor de inglés Manuel Reyes Bolaños ‘Manrebo’.
El primero de diciembre de ese mismo año, en la Calle del Arsenal, inicié con Champetú su penúltima etapa con una fiesta llamada ‘La vuelta es contigo’, en la que el artista central fue el pionero Viviano Torres. Previo a la salida de Viviano al escenario, el profesor Manrebo micrófono en mano emulaba estar en una cabina de radio y, tras recibir una llamada simulada desde la Calle del Tancón del barrio Olaya, elegante y amable complacía a la oyente con la canción ‘El Millonario’ de Ane Swing y, al llamado de ‘Arriba, Caribeño’, Viviano subía a la tarima, entraba al escenario y cantaba ‘No soy millonario pero rico soy’. Tal vez solo en mi mente fabuladora aquello constituía un espectáculo digno de admirar, pero de igual forma se escribió y se hizo.
El 29 de noviembre había tenido lugar un conversatorio titulado ‘Radio y Champeta: El Origen’, en el que Viviano Torres junto a Manuel Reyes Bolaños y su gran amigo Ralphi Polo, creador de la rúbrica ‘Arriba, Caribeño’ en Barranquilla, conversaron sobre los orígenes de la relación entre la radio y la música africana, caribeña y champetúa. Esto sucedió en un pequeño recinto del Hostal Selina, con un público más bien modesto y bajo una enigmática luz tenue. Lo que rezumó en un encuentro íntimo.
Me dio mucho gusto ver y escuchar a mi profesor de inglés hablar con su armoniosa voz de locutor de su pasión por la radio (fue conductor de, entre otros, los programas Caribeson, Musicaribe, Arriba Caribeño, Rumba Caribe) de su amor por la música de África (gracias a él vinieron a Cartagena artistas africanos como M’bilia Bel, Diblo Dibala y Lokassa Ya M’bongo), de su relación con la música del Caribe (fue animador y encargado de la parte cultural del legendario Festival de Música del Caribe) y de su relación con la proyección de la música champeta (llevó por primera vez a Europa a cantantes locales a la hermana ciudad de Cartagena de Murcia).
Habría pagado por grabar ese momento y de hecho lo hice. Intentaba, soy consciente de ello solo ahora mientras lo escribo, ser recíproco, rendir un pequeño homenaje en vida a la belleza de la propia vida, devolver un poco de la luz que aquel instante repetido me había otorgado entre el «good bye» del final de una clase y un bus repleto de regreso a casa. Good bye, teacher, good bye; y ¡arriba caribeño!