Dedicado a las damas y caballeros de la mesa redonda de la bicicleta
«Cuando una bicicleta pasa por lo alto del camino parece que el paisaje se ha puesto los lentes»: Ramón Gómez de la Serna
1 Hubo un tiempo en el que lo más digno que hice fue recorrer la ciudad de un extremo a otro en bicicleta. Me hacía sentir bien, aunque me expusiera a todos los riesgos a los que se expone un ciclista en Cartagena de Indias: carros raudos, motos iracundas, pitos y humo, sol inclemente, fogaje desprendiéndose del pavimento, huecos, charcos de agua de alcantarilla, delincuencia siempre al acecho. Durante más de tres años atravesé, de ida y vuelta, la avenida Pedro de Heredia todos los días una o, excepcionalmente, dos veces al día. Era como recorrer las entrañas vivas de la ciudad, y al tiempo era lo más parecido a volar, a estar drogado o estar dentro de una novela. Un viaje placentero que agudizaba los sentidos y hacía fluir los pensamientos.
2 En la ruta observé a otros ciclistas: Obreros de la construcción y mecánicos en sus bmx oxidadas, sin casco ni medidas de protección, circulando por la izquierda a pedaleo lento y constante hacia y desde sus lugares de labor. Caravanas de hombres y mujeres que dos veces por semana (martes y jueves) se subían a la bicicleta en recorridos nocturnos, engallados con toda clase de prendas especiales para ciclistas y accesorios de última generación. Pequeños grupos que salían de madrugada a hacer deporte hacia las afueras de la ciudad, hacia el Anillo Vial o hacia la subida de Turbaco (cuenta el mito que después de una competencia un periodista le preguntó a Lucho Herrera cómo le había parecido la Loma de Turbaco y éste sin pensarlo respondió: «¿cuál loma?»). Y a otros que, como yo, usaban la bicicleta como medio fastidiados por los trancones, las tarifas de taxi, la patanería de los choferes de bus o la inoperancia del sistema “masivo” de transporte.
3 Entre estos últimos, conocí al ingeniero Gregson Martínez, quien había arrojado las llaves del carro y se había consagrado, con una determinación a prueba de aguaceros, al uso de la bicicleta. Fue Gregson el que me invitó a hacer parte de un grupo llamado La Mesa de la Bicicleta, que se reunía los miércoles por la noche en el Centro Histórico, en la sede de la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos de Bolívar. Yo había creado una pálida iniciativa a través de una página de Facebook a la que llamé Bicitú Evolución en Movimiento, para promover “la cultura del uso” de la bicicleta como medio de transporte, y no “el uso”, cuya promoción, en las condiciones antes descritas, era cuando menos irresponsable. Alrededor de la Mesa había profesionales de distintas áreas; empresarios, comerciantes de bicicletas, programadores de rutas nocturnas, abogados, ingenieros, arquitectos, odontólogas, y yo (como representante de Bicitú). No había ningún obrero o mecánico. Pese a eso, el grupo llegaba a ser heterogéneo con miembros (hombres y mujeres de variadas edades) provenientes de distintos sectores de la ciudad. En una de esas tantas reuniones apareció un concejal del Distrito, quien nos invitó a participar en el diseño y presentación del proyecto Plan Maestro de la Bicicleta.
4 Aquella fue una oportunidad para estudiar de cabo a rabo la Ley 1811 (mismo número del año de la independencia de Cartagena), propuesta (sorprendentemente) por un senador del Departamento de Bolívar y aprobada por el Congreso de la República en el año 2016. La ley señalaba como objeto posicionar a la bicicleta como “medio principal de transporte en todo el territorio nacional”. De la Ley se desprendía una “guía de ciclo- infraestructura para ciudades colombianas” elaborada por el Ministerio de Transporte. Ley y Guía dialogaban con los planteamientos hechos por el Banco Interamericano de Desarrollo y estaban en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Todo estaba dado en términos técnicos y de legislación para ejecutar el plan, había que adaptarlo a las circunstancias particulares y al contexto geográfico y “seducir” a la esquiva voluntad “política”. Un breve paneo por la prensa local, mostraba que la bicicleta era un asunto de vieja data en la ciudad. Insustanciales debates en el concejo, fugaces campañas de secretarías, gremios que se oponían radicalmente a la celebración del día sin carro, donaciones de bicicletas que terminaban arrumadas, costosos estudios hechos por ongs foráneas y asesorías hechas por sabios extranjeros que descubrían el agua tibia y no conducían a nada. Nada, nada extraño en una sociedad con más ambición que visión que ignora, cuando no aplasta, las semillas de su propia grandeza.
Reunión con el entonces alcalde Pedrito Pereira y el concejal César Pión durante la presentación del Plan Maestro de la Bicicleta
La propuesta del plan maestro requería una visión holística y no fragmentada. Debía tener en cuenta además de la infraestructura (carriles exclusivos); el medio ambiente (siembra de árboles, corredor verde) y el aspecto cultural (regulación, señalización, comunicación que armonizara las relaciones entre vehículos, peatones, autoridades y ciclistas). Nos tomamos una foto grupal con el concejal y el alcalde de turno en su despacho, asistimos casco en mano a una sesión del Concejo en la que se registraron nuestros nombres y participaciones. Pero más allá de eso nada sucedió, ni en esa ni en la siguiente administración.
5 Y, sin embargo, el evento que atesoro en la memoria y en videos sucedió, poco después, el 27 de diciembre de 2018. Bicitú, con el apoyo de los miembros de La Mesa de la Bicicleta promovió el encuentro ‘Champeta, Bicicleta y Medioambiente’ en las instalaciones del Coliseo de Combate en la Avenida Pedro de Heredia. Al caer la noche, con la participación de cientos de ciclistas, emprendimos la marcha hacia la temida y oscura Avenida Perimetral con destino final al centro de la ciudad. El Capitán No Más, vestido con su traje de superheroe y montado en su bicicleta de llantas gruesas, pregonaba: “No más trancones, no más contaminación, más cultura y espacio para las bicicletas”.
Viviano Torres, el pionero de la champeta Anne Swing, con su gorro rasta, pedaleaba a la cabeza del grupo, quizás al lado del activista Rafael Escallón, y cantaba “Permiso, permiso” mientras en coro respondíamos “Pedaleando vengo yo”. En Olaya Herrera nos esperaba el grupo musical de la compañía infantil Danfroc, con sus gaitas, maracas y tambores. Decenas de niños del barrio, descalzos, se sumaron espontáneamente a la expedición con sus diminutas bicicletas a ras de piso. Cruzamos juntos La Perimetral, en la que nos detuvimos en la palabra colorida de letras mayúsculas que dice CARTAGENA. Hicimos otra parada en San Francisco, en la misma plaza donde estuvo el Papa argentino, donde nos esperaban con pases de champeta los bailarines del grupo Adcrew Cartagena del coreógrafo Anyerson Bello. Y de San Francisco pedaleamos hasta las playas de Crespo, y de Crespo al monumento de los Alcatraces, y de Los Alcatraces a la Torre del Reloj.
Sabía entonces, aunque no tanto como lo sé ahora, que se trataba de un gesto delirante e inútil y me llenaba de ánimos (como cuando montado sobre mi Rocinante de metal un vehículo a mis espaldas presionaba la marcha con su pito enloquecedor) parafraseando a todo pulmón la frase erróneamente atribuida a Don Quijote, usada por todos aquellos que arremeten empresas inútiles en el mundo para alentarse a sí mismos sobre el escaso avance y minimizar los feroces obstáculos: “¡Pitan, Sancho, señal de que pedaleamos!”.
6 Fuera de cualquier ley, contexto o cultura, la bicicleta es una conquista plena de la humanidad. Técnica, ética y estética. Un símbolo de su evolución como el dominio del fuego y el paraguas. Bella para el paisaje. Útil para el movimiento. Benéfica para el cuerpo, la mente, el espíritu y el medioambiente. Una tecnología que expande el ser y lo libera como el libro. Que suma, multiplica y sigue sumando. Una tecnología prometeica, no fáustica como los teléfonos móviles y los automóviles, que dan a medias y restan lo esencial al doble.